Holocausto ambiental

José María Dutilh Giménez
Presidente de la Real Liga Naval Española y de la Federación Internacional de Ligas y Asociaciones Marítimas y Navales, FIDALMAR

"Se ha alejado, al menos en gran parte, el peligro del Œholocausto nuclear¹. En este mismo espacio de tiempo, sin embargo, han alcanzado niveles de extrema peligrosidad otras emergencias de carácter planetario, que dejan entrever el riesgo de una especie de "holocausto ambiental" debido a la destrucción de recursos vitales ecológicos".
Discurso del Papa a los científicos en 1993

El Niño de 1997-1998 trastornó patrones meteorológicos en todo el mundo. Comenzó a fines de 1997 y cuando concluyó ocho meses más tarde había desarrollado más energía que un millón de bombas atómicas, causando daños materiales por unos 33.000 millones de dólares y matando 2.100 personas. El huracán "Linda" generado por él, alcanzó las costas occidentales de México con vientos de más de 300 km por hora, constituyendo uno de los ciclones más fuertes que se recuerdan.

Sequía e inundación, hambruna y plagas son las consecuencias del calentamiento periódico de las aguas del Pacífico conocido como El Niño y su hermana más fría, la tormentosa y poco conocida Niña.

Hoy se sabe que ambos fenómenos tienen una influencia mundial gracias a que desde hace quince años se están recogiendo exhaustivamente datos sobre ellos y sus consecuencias y se habla del "efecto mariposa", cuyo batido de alas en San Francisco provocaría consecuencias en el Japón.

Las consecuencias de El Niño 1997-1998 no sólo se dejaron sentir en Perú, donde hubo terribles inundaciones; California, Brasil y EEUU sino también en Sumatra, azotada por la sequía, el humo de los incendios hizo irrespirable el aire de las ciudades. El Niño suele llevar sequía al Africa Oriental, esta vez llevó lluvias torrenciales y hambre al Sudán. Las temperaturas alcanzaron los 42° C en Mongolia. En Kenia las precipitaciones fueron de 1000 milímetros por encima de lo normal; Europa central sufrió inundaciones sin precedentes que causaron la muerte a 55 personas en Polonia y a 60 en la República Checa; y Madagascar fue azotada por monzones y ciclones. Lo mismo ocurrió en Borneo y Malasia.

Cuando se evaluaron las desgracias y devastación producidas a escala mundial se comprobó que habían superado a las de El Niño de 1982-1983, que mató a 2000 personas en todo el mundo y causó daños por valor de 13.000 millones de dólares.

Existe un consenso entre todos los climatólogos según el cual los fenómenos El Niño se han vuelto más frecuentes y progresivamente más calientes durante los últimos cien años. Durante este período de tiempo se han producido 23 El Niño y 15 La Niña; cuatro de los diez El Niño más potentes de los últimos cien años se han producido desde 1980.

El Niño mueve calor, tanto en forma de temperatura del agua como de convección atmosférica. Este calor es transportado desde los océanos a los trópicos durante el punto álgido de El Niño, a medida que aumenta la temperatura global. Cuando el calor es liberado el ciclo completo de El Niño comienza de nuevo, con menos nubes en los trópicos y los océanos absorbiendo más calor, con el calentamiento global hay más calor disponible. Por tanto, la duración del ciclo puede ser menor gracias a que el tiempo de intercambio es más reducido o a que la liberación de calor es menos eficiente.
El año pasado, 1999, la Federación Internacional de Ligas y Asociaciones Marítimas y Navales tuvo que retrasar seis meses su Asamblea General que debía tener lugar en abril en Santo Domingo, República Dominicana, a causa de los destrozos ocasionados por el ciclón George, uno de los peores del siglo. Desgraciadamente poco después, entre el 27 de octubre y el primero de noviembre tuvo lugar el paso del huracán Mitch por Centroamérica dejando un panorama desolador en Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador, con repercusiones en Costa Rica, Panamá y Belice que ha provocado según las Naciones Unidas, un retroceso de más de 20 años en la zona.

Aunque las cifras no pueden reflejar la gravedad de la situación, sí dan idea de la magnitud del desastre. El Mitch ha producido a su paso 9.627 muertos, 9.032 desaparecidos y 2.469.174 damnificados, lo que supone casi la décima parte de los 33 millones de habitantes de los siete países de la región. El número de viviendas afectadas alcanzó las 248.905 y los puentes arrasados suman 495. Todos son datos de las Naciones Unidas y de la Cruz Roja Española.

El 12 de noviembre de 1999, Francia quedó horrorizado por la llegada de una tempestad con vientos ciclónicos con velocidades superiores a los 150 km por hora. Los titulares de los periódicos venían a decir: "Muerte y caos en Francia por el temporal que también azota a España". "Estamos asistiendo a escenas dantescas" declaraba un bombero en Carcassone "y la violencia repentina de las inundaciones nos impide prestar socorro". Cortes de tráfico por carreteras inundadas o destruidas sobre todo en el mediodía francés.

La tragedia se repite pero corregida y aumentada con la llegada de dos tormentas casi simultáneas entre el 26 y 28 de diciembre, a la primera de las cuales se la denominó Lothar. Más de un centenar de vidas segadas en Europa; además de 270 millones de árboles dejó tras sí la intensa tempestad Lothar que ha alterado la vida de millones de personas y parcialmente el paisaje francés durante, al menos, cien años. Los vientos registrados alcanzaron los 200 km por hora y el Lothar invirtió sólo 24 horas en cruzar el Atlántico cuando lo habitual es que una tormenta de esta magnitud tarde el doble de tiempo. Cuando ya entró en tierra, la profunda depresión avanzó por Francia a una velocidad de 100 km por hora, acompañado por vientos excepcionalmente violentos que derribaron la tercera parte del tendido eléctrico de ese país.
 
La mayoría de los comentaristas coincidían en que había sido el mayor desastre para Francia desde la Segunda Guerra Mundial: millones de personas quedaron sin electricidad, puertos destrozados, el ferrocarril cortado e ingentes daños en infraestructura y viviendas. También afectó a Alemania y Suiza así como a España.

A mediados de diciembre tiene lugar la catástrofe de Venezuela donde miles de personas, se especula que entre 25.000 y 50.000, mueren ahogadas o sepultadas bajo toneladas de barro y escombros causados por lluvias torrenciales. Se calcula que este desastre es cinco veces superior al producido por el huracán Mitch. Hay 100.000 damnificados y 52.000 viviendas afectadas. Los titulares de los periódicos afirman que es el peor desastre natural de la historia del país.

El 5 de agosto de 1999 el ABC anuncia: "Prosiguen las lluvias torrenciales en Asia. Aumenta el número de víctimas causadas por las inundaciones y se espera la llegada de otro tifón. Las lluvias torrenciales que desde hace una semana azotan varios países asiáticos han provocado ya más de 500 víctimas mortales además de incalculables destrozos y pérdidas materiales. En China Central, más de 66 millones de personas se ven afectadas por las inundaciones causadas por el desbordamiento del río Yangtsé y cerca de dos millones han perdido sus casas. Corea, Vietnam y Tailandia se enfrentan también a los efectos del peor monzón que se recuerda. En Filipinas, un deslizamiento de tierra producido por las intensas lluvias arrasó cientos de casas del barrio de Cherry Hill sepultando a sus habitantes mientras dormían, bajo miles de toneladas de barro. En el estado oriental indio de Orissa se produjeron 60.000 muertos por la misma causa".

A fines del pasado mes de febrero golpeó Mozambique el peor ciclón del que se haya tenido noticia en ese país. Todos tenemos todavía el recuerdo de esas imágenes sobrecogedoras de un inmenso territorio inundado, los supervivientes subidos a los tejados y a los árboles mientras miles de animales muertos infectaban las aguas, propagando epidemias. Un éxodo de cientos de miles de personas portando sus humildes enseres.

Las tripulaciones de unos pocos helicópteros realizaban tareas sobrehuma-nas para tratar de salvar contra reloj vidas y una mujer tuvo que dar a luz en un árbol. Más de 200.000 personas quedaron sin hogar, 300.000 agricultores sin tierra y un número de muertos imposible de cuantificas en el momento actual. El total de damnificados se estima en dos millones.

Han tenido lugar otras muchas catástrofes y fenómenos inéditos como un tornado en el sur de los EEUU de intensidad desconocida hasta ahora, vientos ciclónicos extraordinarios en muchos puntos del planeta y hasta tornados en España y sur de Francia donde constituyen un fenómeno insólito, pero sólo hemos querido citar los más destacados.

Hace poco el escritor Luis Ignacio Parada publicaba un artículo en que se preguntaba ¿Son las catástrofes sólo naturales? Y el mismo contestaba: "El sobrecalentamiento de la Tierra no es debido a la expansión planetaria, a la actividad solar, al fenómeno de intercambio de calor conocido como entropía. El aumento de las emisiones de gases a la atmósfera, la deforestación del Amazonas, los incendios forestales, muchos de ellos provocados, han producido el efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono y el aumento de 1,5 grados en la temperatura media de la Tierra en un siglo. Eso ha contribuido al derretimiento de los casquetes polares, el cambio de régimen de lluvias y mareas, a la subida del nivel del mar en 25 centímetros. El cambio climático es cierto, lento e inexorable".

La temperatura media anual aumentará hasta 4,6 grados centígrados durante el próximo siglo como consecuencia del cambio climático, provocados por las emisiones de gases invernadero, según el informa "Escenarios regionales y nacionales del cambio climático", elaborado por la Unidad del Clima de la Universidad East Anglia (Inglaterra) para WWF/Adena.

Respecto al aumento del nivel del mar se espera un incremento mundial medio de hasta 10 cm por década, mucho más rápido que el observado en el último siglo.

En la Península Ibérica el aumento de la temperatura media oscilará entre 3,2 y 4,8 grados, aunque en la zona oriental de la Comunidad Andaluza podría subir hasta 6 grados en el año 2080. En el mismo período y zona el aumento del nivel del mar llegará a los 110 cm, según el mismo informe.

El Artico pierde desde 1978 cada año una extensión de 37.000 km cuadrados de hielo como consecuencia de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Este preocupante dato se desprende del estudio que combina las observaciones por satélite efectuadas en los últimos veinte años, con datos y un modelo climático de amplio rango temporal (5.000 años), para verificar si la pérdida de hielo en el Artico es inducida por la acción del hombre. En este trabajo, publicado por la revista "Science", han participado la NASA, la Agencia Nacional de Investigación Atmosférica de EEUU, junto con varias universidades de ese país, el Centro Harlay de Inglaterra y el Instituto Antártico de Rusia. Los resultados del estudio revelan que la pérdida de masa helada total en el Artico desde 1978 supera en extensión el Estado de Texas, uno de los mayores de EEUU.

Los científicos señalan que estos descartan que el proceso se deba a la variación natural que experimentan los hielos del Artico.

El calentamiento global de la Tierra se está acelerando, desde hace 25 años, a un ritmo que los científicos no esperaban hasta el siglo XXI, según un estudio realizado por la Agencia Nacional Atmosférica y Oceánica de EEUU. Estos científicos señalan que durante 16 meses, entre 1997 y 1998, se batieron de forma sucesiva las marcas más altas de temperatura media.

La investigación dirigida por Thomas Karl, Director del Centro de Estudios Climáticos adscrito a la citada agencia gubernamental, se centró básicamente en las temperaturas medias registradas durante 1997 y 1998. El dato más revelador es que desde mayo de 1997 a septiembre de 1998, se fueron sucesivamente superando cada mes las marcas de temperaturas medias mensuales más elevadas conocidas. Según Karl este fenómeno no tiene precedente desde que comenzaron las primeras mediciones de la temperatura de la superficie terrestre en el siglo XIX.

El equipo norteamericano utilizó datos obtenidos de mediciones en la superficie terrestre y otros proporcionados por instrumentos de satélites científicos. Una vez analizados e interpretados por complejos modelos matemáticos, Thomas Karl y sus colaboradores señalan que la tasa de calentamiento desde los años 1976 a 1998 es claramente superior a la media observada desde finales del siglo XIX y prácticamente todo el siglo XX, así como equiparable a la esperada en el siglo XXI. A su juicio las marcas de temperaturas en 1997 y 1998 tienen muy pocas posibilidades de ser un fenómeno inusual. Por el contrario, aventura que se trata de un punto de inflexión, el comienzo de una nueva y veloz tendencia en el calentamiento del planeta.

Este trabajo no incluye datos de 1999, ya que no estaban disponibles cuando se elaboró. Sin embargo, ahora parecen afianzar esta hipótesis. El pasado año fue el segundo más caluroso del siglo XX, sólo superado ligeramente en 1998 y pese a que en 1999 tuvo una incidencia importante la corriente oceánica La Niña, que causa un enfriamiento de los océanos. La Niña produce efectos climáticos opuestos a los ocasionados por El Niño. Ambas corrientes del Pacífico tropical activan las dos fases de un fenómeno climático oscilante y de escala global denominado "Enso".

El calentamiento progresivo de la Tierra es un fenómeno que concita hoy el máximo consenso científico, así como su influencia en el aumento de los efectos de El Niño, de los huracanes y tornados, etc.

Thomas Karl, como otros muchos científicos, afirman que los actuales datos son tan evidentes que urgen a adoptar políticas que minimicen los riesgos de un cambio climático quizá más inminente de lo esperado.

A propósito de este trabajo, el investigador John R. Cristy, de la Universidad de Alabama, opina que las altas temperaturas alcanzadas en 1997 y 1998 se deben a la influencia de El Niño que, a su vez, está influido por la acción perniciosa del hombre que, si se mantiene, haría que continuase aceleradamente el aumento de la temperatura media mundial.

Instalados en posiciones difícilmente reconciliables, Europa y EEUU lideraron, en octubre de 1999 en Bonn, los debates en torno al cumplimiento de los compromisos adquiridos dos años antes en Kyoto (Japón), para reducir las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de "efecto invernadero", el principal motor del pronosticado cambio climático. Y mientras el consenso político se dilata, las evidencias de la subida gradual de las temperaturas se acumulan en la región más sensible del planeta: la Antártida.

Tan grande como EEUU y México juntos, el continente más frío y seco está cubierto en un 97 % por hielo. En su interior hay burbujas de aire donde están atrapadas partículas atmosféricas, lanzadas desde todas las latitudes durante cientos de miles de años. No es extraño que a la Antártida se le haya llamado la "caja negra del clima", ya que el análisis de sus hielos profundos ha permitido averiguar cómo fue el clima mundial en tiempos muy remotos. La pérdida de esos hielos no sólo acabaría con un formidable archivo paleoclimático sino que tendría efectos devastadores a escala mundial.

El primer temor es el colapso de las gigantescas plataformas de hielo situadas en sus márgenes, que ya muestran signos de preocupante inestabilidad. Este proceso produciría un aumento del nivel de los mares, con consecuencias previsiblemente catastróficas en zonas costeras de todo el mundo.

Por este motivo, la Antártida, con sus plataformas y sus glaciares, ha sido frecuentemente fotografiada desde aviones y satélites dotados de cámaras ópticas. La visión era siempre la misma: una gran masa de hielo cubierta por un fino manto de nieve. Pero un radar embarcado en un satélite de fabricación canadiense ha penetrado en esa capa blanca revelando estructuras geológicas hasta ahora invisibles. El satélite "Radarsat", capaz de obtener imágenes de noche e incluso con la presencia de nubes, ha podido efectuar en sólo dieciocho días el mapa antártico con mayor resolución de la historia. Su calidad es muy superior a la del último obtenido, que requirió la combinación de imágenes de cinco satélites durante quince años (1980-1994).

El descubrimiento más importante de este proyecto, en el que participa la NASA, ha sido una red de inmensos y gélidos ríos, algunos con 700 km de longitud, que canalizan hasta el océano enormes masas de hielo y gran parte de la nieve que cae sobre la Antártida. Las imágenes han permitido contabilizar hasta 30 de estas corrientes, donde el hielo canalizado se desplaza cien veces más de prisa que el circundante. Los investigadores de la Agencia espacial norteamericana creen que estos misteriosos cauces son muy susceptibles a los efectos que tendría una subida apreciable de las temperaturas. Se calcula que sólo uno de estos canales puede arrojar cada año al mar doce kilómetros cúbicos de hielo. Esta cantidad bastaría para enterrar a la ciudad de Washington bajo un manto helado de unos 500 metros de grosor.

Estas observaciones desde el espacio complementan los trabajos sobre el terreno de varios países. Acaba de llegarnos la siguiente noticia fechada el 2 de abril de 2000 y que corrobora lo dicho anteriormente: Un iceberg de casi 130 km de largo por 20 de ancho se ha desprendido de la Antártida, en la Plataforma Helada de Ross, y al parecer sigue la trayectoria de otro aún mayor que se desprendió la semana pasada, según informaron ayer científicos de Estados Unidos. Los investigadores, que han descubierto el fenómeno mediante observaciones efectuadas por satélites, no han podido determinar aún si este nuevo témpano de hielo supone algún riesgo para la navegación. La Plataforma Helada de Ross, situada a miles de kilómetros al sur de Nueva Zelanda y el extremo sur del continente americano, está alejada de las rutas comerciales que atraviesan el Cabo de Hornos. Matthew Lazzara, meteorólogo de la Universidad de Wisconsin, ha señalado que el nuevo iceberg está situado al norte de la isla de Roosevelt, en el Mar de Ross contiguo a la plataforma. El descubierto la semana pasada era un témpano aún mayor, de unos 295 km de largo por 37 de ancho, un tamaño comparable a la isla de Jamaica. Ambos icebergs se cuentan entre los más grandes conocidos, ya que el mayor observado, en 1956, medía casi 335 km de largo por algo más de 96 de ancho.

Un 15 % de la capa de ozono ha quedado destruida desde 1980, según investigaciones de la Organización Meteorológica Mundial y de la Universidad de Salónica (Grecia). Los expertos estiman que harán falta entre cincuenta y sesenta años para recuperar el ozono destruido, siempre que se logre recortar a la mitad las emisiones de sustancias que contribuyen a su desaparición.

La capa de ozono sobre el Artico desapareció en un 60 % durante el pasado invierno, según las mediciones de un equipo internacional de científicos. A pesar de la importancia de la pérdida de ozono, detectado a una altura de 18 km, los investigadores concluyeron que las consecuencias sobre la capa que cubre la Tierra en la zona del Articofueron compensadas porque la destrucción fue menor por encima de los 20 km. Las concentraciones de gases con efecto invernadero siguen aumentando en el planeta, a pesar de las medidas que se han adoptado en las últimas décadas.

Greenpeace ha tenido la amabilidad de enviarnos unas notas sobre sus propias observaciones respecto del cambio climático en los polos, que transcribimos a continuación junto con nuestro agradecimiento por su cooperación.

En enero de 1997 el "Artic Sunrise" partió del sur de la Argentina en dirección al continente helado de la Antártida. El objetivo de esta expedición de un mes, era documentar la creciente evidencia del cambio climático provocado por el ser humano, incluido el presunto aumento de inestabilidad de las placas de hielo antárticas.

Durante los últimos 50 años, las temperaturas en las proximidades de la Península Antártica han aumentado en 2,5° C (mucho más que la media de la Tierra). Al mismo tiempo han empezado a desintegrarse grandes áreas de las enormes masas de hielo que rodean la costa de la Península Antártica.

El rompehielos "Arctic Sunrise", con sus 32 tripulantes, zarpó de Ushuaia (un pueblito en el extremo de Argentina conocido como "el fin del mundo") para investigar la magnitud del colapso de hielo.

El barco navegó a través de aguas que hasta hace poco eran hielo impenetrable. El banco de hielo Larsen-A, con una superficie de 4.200 km cuadrados y un espesor de 300 metros, se desplomó en enero de 1995. Martina Krueger, una de las responsables de la campaña embarcada en el "Arctic Sunrise", escribió en su diario: "Los bancos de hielo están formados por hielo continental y glaciares que van flotando lentamente en el mar. Son el origen de los icebergs, grandes trozos que se separan del frontal a medida que el hielo se introduce en el mar. Este equilibrio se ha roto debido a las temperaturas más cálidas. Aparecieron profundas brechas en el hielo y, en enero de 1995, lo que quedaba del banco de hielo se desplomó en un período de sólo 50 días...Fue una extraña sensación el pensar que sólo hace dos años se podía caminar a 30 metros por encima de donde estábamos nosotros ahora, en lo que entonces parecía hielo impenetrable".

Viajando hacia el sur, hacia el banco de hielo Larsen-B, Greenpeace encontró unas enormes grietas en el hielo que sugieren que este banco, formado a lo largo de miles de años, puede también desaparecer próximamente. Un informe del primer sobrevuelo de la zona indicaba: "Una gran brecha que seguimos empieza justo en el frontal del hielo y continúa hasta el horizonte. Tiene un ancho de unos 6-8 metros, que se amplían hasta unos 20-30 metros. La grieta es de unos 30 metros de profundidad (hasta el nivel del mar), a lo largo del fondo de su valle pueden verse grandes rocas de hielo".

En abril de 1998, imágenes de satélite revelaron que un trozo de 200 km cuadrados del banco Larsen-B se habían desintegrado en el mar. La evidencia del impacto de la civilización humana en el cambio climático continúa acumulándose.

En Julio de 1997 el "Arctic Sunrise" navegó de Vancouver a Alaska para continuar el trabajo de documentación de Greenpeace sobre el cambio climático en las regiones polares. El Artico occidental (oeste de Canadá, Alaska y este de Siberia, y los mares de Bering, Besufort y Chukotka) es otra de las zonas del planeta que se calienta más rápido, casi un grado centígrado por década en los últimos treinta años.

La primera parada de la expedición fue en el glaciar Bering del Golfo de Alaska. El Bering es el mayor glaciar de zona templada (o "de montaña") del mundo. Como la mayoría de los glaciares de zona templada, el Bering está perdiendo tanto masa como extensión a una velocidad dramática, en respuesta a las temperaturas más cálidas de las últimas décadas. Se ha retirado entre 10 y 12 km y ha disminuido su superficie en unos 130 km cuadrados.

El barco continuó navegando hacia la península de Kenai, donde los miembros de Greenpeace, en colaboración con científicos locales, comprobaron la devastación de los bosques de abetos por parte del escarabajo de la corteza del abeto. Aunque este insecto ha sido característico de los bosques de la parte central del sur de Alaska durante años, las temperaturas más cálidas de las últimas décadas han acelerado su ciclo reproductivo y provocado la aniquilación de unos 30 millones de árboles sólo en 1998. La epidemia abarca ya más de 4.000 km cuadrados.

Las postrimerías de 1999 fueron momentos decisivos para la ciencia ártica, pues una serie de nuevos e importantes informes publicados en la primera semana de diciembre confirmaron que en el casquete de hielo del Artico están ocurriendo cambios dramáticos. Andrew Rothock y sus colaboradores de la Universidad de Washington en Seattle examinaron datos del hielo marino recogido por patrullas submarinas árticas, y llegaron a la conclusión de que el casquete de hielo ártico ha disminuido su espesor en alrededor de un 40 por ciento en las últimas décadas, de un espesor medio de 3,1 metros sobre el océano profundo en 1958-1976, a tan sólo 1,8 metros en los noventa.

Ola M. Johannessen y sus colaboradores del Centro Medioambiental y de Detección Remota Nansen de Bergen, Noruega, utilizaron datos de microondas de satélite para llegar a la conclusión de que la superficie del océano Artico cubierta de hielo de más de un año de antigüedad ha disminuido en un 14 por ciento en los últimos 20 años. Si estas tendencias en la cubierta y grosor del hielo marino continúan, entonces la cubierta de hielo ártico permanente se transformará en un hielo fino, estacional que se funde cada verano.

Un numeroso grupo de científicos punteros de la NASA, NOAA y la Oficina Meteorológica del Reino Unido han ejecutados modelos de ordenador con y sin emisiones de gases de efecto invernadero, y han llegado a la conclusión de que las posibilidades de que los cambios observados en el casquete de hielo ártico durante los últimos cuarenta años sean debidos a una variación natural son menos del 0,1 por ciento. Las posibilidades de que los cambios se deban a la influencia humana son, por tanto, de más del 99,9 por ciento. El modelo ejecutado incluyendo las emisiones de gases invernadero estaba mucho más próximo a la reducción del hielo marino observada que el modelo ejecutado sin las emisiones de gases invernadero. Los científicos han alertado de que sus modelos "prevén una disminución continuada en el espesor y la extensión del hielo marino a lo largo de todo el próximo siglo".

¿Qué mecanismos están causando la rápida disminución del hielo marino? El más obvio es el aumento directo en la temperatura global, que hizo de los noventa la década más cálida en los últimos mil años en el hemisferio norte, y posiblemente la Tierra en su totalidad. Esto ha aumentado la duración de la estación durante la cual el hielo se funde en el océano Artico.

Sin embargo otra influencia es el cambio periódico de la presión del aire en el Artico denominada la Oscilación Artica, un fenómeno sólo superado por El Niño / Oscilación del Sur en cuanto a la influencia en el clima de la Tierra. A principio de los noventa, el índice de la Oscilación Artica alcanzó su punto más alto registrado en los últimos 150 años. Este alto nivel fue asociado a una importante disminución de la presión atmosférica sobre el Océano Artico. Esta intensificó el vórtice polar (las masas de aire en remolino que rodean el Polo Norte) aumentando la tormentosidad y permitiendo que las masas de aire caliente del sur invadieran el Océano Artico. Al mismo tiempo, ha habido un aumento de flujo de agua caliente del Océano Atlántico hacia el Glacial Artico.

Esta combinación de aumento de temperatura global, el aumento de la exposición a aire caliente y agua caliente y una mayor tormentosidad han dado como resultado una menor cantidad de hielo marino y que éste sea más delgado. Aunque el índice de la Oscilación Artica ha bajado desde su máximo de 1993, las temperaturas globales continúan su ascenso, con 1998 siendo el año más cálido desde que empezaron los registros hace aproximadamente 140 años.

Lo que es más, los gases de efecto invernadero pueden estar también influyendo en la Oscilación Artica. Los modelos climáticos sugieren que los cada vez mayores niveles de gases de efecto invernadero pueden estar forzando al índice de la Oscilación Artica a un modo más positivo y, por tanto, aumentando el declive del hielo marino por debajo de lo que el aumento de la temperatura en solitario causaría.

La península antártica muestra una pauta de calentamiento, con un crecimiento de las temperaturas de 2,5° C desde 1945. En la Antártida, la temperatura del aire puede experimentar un aumento de 1 a 3,5° C a lo largo del próximo siglo. La Antártida contiene suficiente hielo como para elevar el nivel global del mar más de 50 metros, si toda esta masa se derritiera. La contribución de la Antártida al cambio del nivel del mar en el próximo siglo podría variar desde un ligero decrecimiento (-10 cm) a un mayor crecimiento (+100 cm).

En Bangladesh, Egipto y Vietnam, entre ocho y diez millones de personas viven a sólo un metro de la marea alta en deltas fluviales desprotegidos. Sólo en China y Bangladesh, más de 140 millones de personas podrían verse directamente afectadas por la subida del nivel del mar. La elevación de un metro en el nivel del mar inundaría del 15 % al 17 % de Bangladesh, destruiría campos de arroz y la agricultura en el delta del río Mekong, e inundaría muchos atolones poblados.

Shanghai y Lagos, las ciudades más grandes de China y Nigeria, están situadas a menos de dos metros sobre el nivel del mar; las tierras agrícolas de Egipto y también el 20 % de su población están a ese nivel.

La subida del nivel del mar podría sumergir totalmente a todas las naciones isleñas como Kiribati, las islas Marshall y Tulavi, cuyas masas de tierra consisten básicamente en atolones de coral.

En EEUU, una subida del nivel del mar acorde a las estimaciones del IPCC podría inundar hasta el 42 % de los humedales costeros, erosionando las playas hasta 60 metros tierra adentro, e inundando más de 8.000 km cuadrados de tierra en el año 2010, el nivel del mar podría subir 32,5 cm en Los Angeles, 50 cm en las playas de Miami, 55 cm en Boston, 95 cm en Galveston y 137,5 cm en Isla Grande, Louisiana. A lo largo de la Bahía de Cheasapike, donde ya se han perdido muchas playas, el mar está elevándose más de 2,5 cm cada década.

En EEUU, si el nivel del mar se elevara un metro, se requerirían aproximadamente 360.000 km. de defensas costeras, a un costo total de 500.000 millones de dólares durante los siguientes 110 años.

Para algunos atolones, el coste anual para defenderse de la subida del mar puede llegar a significar hasta un 10 % - 20 % de su P.I.B.

Las pérdidas económicas globales -no todas aseguradas- causadas por el clima alcanzaron en 1995 un nuevo máximo de 38.000 millones de dólares (5,4 billones de pesetas).

La mayor parte de la región mediterránea puede experimentar un aumento del nivel del mar similar al de la media global, es decir, una subida de hasta 96 cm para el año 2100. Las regiones más afectadas serían evidentemente aquellas con un balance sedimentario negativo, como los grandes deltas (Nilo), o Tesalónica y Venecia, que en la actualidad ya están descendiendo. En estas áreas, el resultado de la suma de los fenómenos de subducción y del aumento del nivel del mar se traduciría en una subida total del mismo de hasta 150 cm en el delta del Nilo, 140 cm en Tesalónica y 175 cm en Venecia para el año 2100.

El impacto también afectaría a los estuarios del oeste del Mediterráneo: al delta del Po (Venecia, Rávenna y Trieste), la desembocadura del Ebro en nuestro país y, especialmente, la desembocadura del Ródano y sus alrededores. Lo mismo ocurriría con la parte de la costa albanesa, las costas del sur de la antigua Yugoslavia (Ulcinj, lago Skadar), los deltas del Neretva y el Mirna, también en esta zona.

Aproximadamente un 40 % de los deltas del Ebro y el Ródano tienen una elevación menor de 50 cm sobre el nivel del mar, y un 90 % del delta del Po se encuentra bajo el nivel del mar.

En los países mediterráneos, el 37 % de la población (133 millones de personas) vive en las zonas costeras, en el 17 % del territorio total. De ellos 87 millones de personas viven en zonas urbanas. El Plan Azul para el Mediterráneo predice que, de seguir la tendencia actual, en el año 2025 vivirán entre 200 y 220 millones de personas en las áreas costeras del "mare nostrum". De ellos, de 150 a 175 millones vivirán en ciudades, constituyendo el 75 % de la población costera.

La subida del nivel del mar afectará de forma directa a casi siete millones de personas -el 5 % de la población costera mediterránea-. Estos constituirán sólo el 10 - 20 % de los afectados.

El fin del siglo XX ha venido acompañado de numerosas catástrofes meteo-rológicas muy probablemente provocadas o intensificadas por el calentamiento global. El resultado: miles de muertos, millones de personas desplazadas y enormes pérdidas económicas. En China, el río Yangtzé se ha desbordado por segundo año consecutivo, destruyendo al menos once millones de hectáreas de tierras de cultivo y afectando a las vidas de 100 millones de personas. En Corea, Filipinas, Camboya e India, los tifones, inundaciones y torrentes han desvastado enormes áreas con consecuencias catastróficas. El Este de EEUU ha sufrido las peores olas de calor y sequía del siglo. También en España, la sequía vuelve a amenazar sin que hayamos tenido tiempo de olvidar la anterior.

Todo esto deja entrever un futuro en un mundo "recalentado" e ilustra vivamente las desastrosas consecuencias que pueden ocasionar incluso pequeñas fluctuaciones en el sistema climático. Los científicos advierten que la velocidad del cambio climático excederá probablemente la de cualquiera de los que se han producido los últimos 10.000 años, haciendo imposible para muchos ecosistemas su adaptación y supervivencia.

En las regiones polares septentrionales, por ejemplo, los cambios previstos podrían significar que la vegetación tuviese que migrar a la velocidad de un metro por hora para mantenerse en las mismas condiciones de crecimiento, lo que equivaldría a pedir a los árboles que se levanten y caminen. La incapacidad de adaptarse aumentará la vulnerabilidad de los ecosistemas y algunos no sobrevivirán. Cambios aparentemente pequeños e insignificantes pueden iniciar una reacción en cadena que afecte a los sistemas ecológicos, sociales y económicos.

En Alaska, el cambio climático ha alterado el desarrollo de las crías de los escarabajos que viven en la corteza de los abetos, reduciendo su mortalidad en invierno y permitiéndoles alcanzar la madurez sexual en un año en lugar de dos, lo que ha dado lugar a la peor plaga de escarabajos en la historia de Alaska. Desde 1989, 25 millones de árboles han muerto, y cerca de medio millón de hectáreas de bosques han sido infestadas. Termina el informe de Greenpeace.

Durante el tiempo que duró la Expo de Lisboa 98 se pronunciaron muchísimas conferencias en el pabellón español que han sido recogidas en tres volúmenes bajo el título "Sobre el mar y sus problemas". De todas ellas sólo hay una que se ocupa del problema del cambio climático y de la variación del nivel del mar y es la pronunciada por Isabel Ambar del Instituto de Oceanografía y Universidad de Lisboa, de la que entresacamos algunos párrafos: ...Debido al hecho de existir grandes retrasos en la respuesta de los océanos y de las masas de hielo relativamente a los actos forzadores radiactivos, los modelos indican que el nivel del mar continuará creciendo muchos siglos después de que concentración de gases con efecto invernadero se estabilizarán. Los efectos más importantes de la subida del mar son las alteraciones de la línea de costa, la pérdida de tierras por inundación y erosión, riadas más desastrosas asociadas a tempestades, una mayor penetración de agua salada en los acuíferos, en los estuarios y zonas húmedas, con el consecuente perjuicio de los ecosistemas así como de las reservas de agua dulce. Si pensamos que a nivel mundial las zonas litorales son siempre las más intensamente pobladas, el impacto provocado por esta invasión del mar es ciertamente importante.

CONCLUSIÓN
 
Los muchos estudios, muchos informes, muchos datos, que atestiguan que como el llamado efecto invernadero debido a los gases producidos por la actividad humana influye en todos los fenómenos relacionados con el calor: El Niño, La Niña, huracanes, tornados, sequías e inundaciones así como en el deshielo de los casquetes polares y subida del nivel del mar, sin embargo no se toman las medidas adecuadas.

Los organismos internacionales y los gobiernos parecen dubitativos cuando no contrarios a tomar medidas que pudieran ser antieconómicas a corto plazo y se escudan en que no está demostrado al cien por cien la relación causa a efecto entre la actividad humana y el cambio climatológico. Recuerdan la fábula de las liebres que discutían si eran galgos o podencos los perros que se acercaban o como los bizantinos que polemizaban sobre el sexo de los ángeles mientras los turcos escalaban las murallas de Bizancio.

Hay informes que no hemos querido incluir aquí, por estar en fase de estudio, que aseguran que puede producirse el llamado "vuelco climático" en un período de tiempo brevísimo y de una forma dramática e irreversible.

Creemos que es de la máxima urgencia tomar todas las medidas conducentes a atajar lo que sabemos está produciendo tantos desastres, tantas muertes y tantas hambrunas como está ocurriendo en este momento en Brasil y Etiopía por causa de la sequía, mientras que en otros lugares son las inundaciones las que las causan, pero siempre con el mismo origen: el aumento de la temperatura de la Tierra.

Desde aquí hacemos un llamamiento a todos los gobiernos, especialmente a los de los países con Asociaciones pertenecientes a FIDALMAR, así como a todos los organismos que puedan influir en tomar las medidas oportunas para evitar lo que su Santidad Juan Pablo II ha llamado el "Holocausto Ambiental".