Ultramarine Newsletter (index)


EL ANCLA:
INSTRUMENTO Y EMBLEMA

O. R Ortiz-Troncoso, PhD
Socio Honorario de la Liga Marítima de Chile.

Artículo publicado en revista Mar, órgano oficial de la Liga Marítima de Chile, número 188, pp.37-40, Valparaíso 2002.

 


Identidad del ancla.

De los numerosos componentes del casco y del aparejo de una nave, es el ancla el elemento cuya imagen ha alcanzado mayor popularidad. Como resultado, cualquiera puede identificar un ancla aunque sus conocimientos acerca de temas náuticos sean escasos y así ha sucedido a través de siglos. En otras palabras, este instrumento o herramienta ha llegado a constituirse en síntesis de la idea global del quehacer náutico y, más específicamente, de navegación y maniobra con naves de guerra, comercio, pesca y deporte. Se va incluso más allá, siendo el ancla el símbolo que vincula el concepto de las labores ejecutadas a bordo con el espíritu y exaltación de quienes las realizan.

Este cometido de identidad se lleva a la práctica por medio de la representación gráfica del ancla sobre los más diversos elementos de la ornamentación marítima. Es empleada por la heráldica naval, aparece en gallardetes de clubes de deportes náuticos, se destaca en el logotipo de compañías navieras, es bordada con hilo de oro sobre la gorra y otros detalles de los uniformes, va impresa sobre botones metálicos y condecoraciones, etc.

La norma es que para ello se tome como base la tradicional silueta de un ancla “almirantazgo”. Es decir, de aquella compuesta en lo esencial por una pieza metálica alargada o “caña” que termina en dos brazos divergentes provistos de aristas o “uñas”. En la parte superior, junto al “arganeo” que permite fijarla a la cadena, lleva una barra o “cepo” que, por ser perpendicular a los brazos, hace que el ancla se apoye sobre una de las “uñas” facilitando así que se fije al fondo, soporte mejor la tracción y ejerza con eficacia su tarea de retención.

Aunque todos tenemos en mente su aspecto, conviene recordar lo esencial de su función. El “Diccionario Marítimo” de Julián Amich (Barcelona 1998) indica que se trata de un “instrumento de hierro forjado, a manera de garfio o anzuelo, que, arrojado al fondo del mar y fijando al mismo un extremo de una cadena o cable cuyo otro extremo queda a bordo también firme, impide que el buque vaya a la deriva”. Algo semejante anota el capitán Juan B. Costa en su “Tratado de Maniobra y Tecnología Naval” (Formentera 1991) diciendo que “es una pieza de hierro o acero que provista de unos brazos y uñas y unida a un cabo o cadena, se arría al fondo para que se enganche en él y así aguantar el barco para que no derive por la acción del viento o la corriente”.

Aunque las razones de su empleo siguen siendo las mismas, el ancla ha evolucionado adoptando múltiples formas de acuerdo a exigencias impuestas por la diversificación en los modelos de naves. El ancla “almirantazgo” es un recuerdo del pasado ya que lo común hoy en día es el modelo sin cepo, “de patente” o “de tragadero”. Por otra parte, su nomenclatura ha asumido el frío carácter de la denominación por el nombre del fabricante, generalmente anglosajón: Northhill, Danforth, Bruce, Benson, etc. Por su escaso peso, son hermanos menores de las anclas los rezones (anclas con cuatro brazos) y sus derivados conocidos como anclas plegables, arpeos, grampines y “arañas”, implementos comúnmente utilizados en embarcaciones menores tanto para fondear como para rastrear el fondo.

Las características de las anclas actuales se encuentran en cualquier manual de náutica, pero hay algunos modelos a recordar por ser atípicos, alejándose de lo convencional. Uno es el caso del “ancla de hongo”, nombre derivado de su forma y que carece de uñas ejerciendo su cometido únicamente por medio del peso concentrado en un disco cóncavo, que es justamente el que le da apariencia de hongo. Se la emplea especialmente para anclar en aguas tranquilas con fondos cenagosos e igualmente para anclar permanentemente, por ejemplo, boyas y buques-faros. La llamada “ancla flotante” constituye una paradoja, ya que lo que menos puede hacer un ancla es flotar. Se trata en realidad de un artefacto náutico -obligatorio a bordo de yates, embarcaciones menores y balsas salvavidas- que si bien es cierto retiene la embarcación cuando está enfrentando mal tiempo y se encuentra a la capa, no tiene nada de ancla propiamente tal. Es, en dos palabras, un cono de lona que se echa al mar para evitar que la embarcación sea impulsada sin control por el viento y las olas y pierda maniobrabilidad.

Finalmente, en la categorización de anclas suele recurrirse a la función o ubicación a bordo. Por ejemplo, las situadas a popa son “de codera”. Se habla de ancla “de respeto” para referirse a aquella llevada como complemento. Los franceses, con sentido dramático, llaman ancla “de miséricorde” a aquella destinada a ser empleada en casos extremos.


Historia y simbología.

La historia del ancla ha podido ser exhaustivamente estudiada en el Viejo Mundo, especialmente gracias a cientos de hallazgos efectuados en la zona del Mediterráneo por arqueólogos buceadores o debido al azar, sea en asociación a barcos hundidos o como piezas aisladas. El margen de variación en el peso de estas anclas de un pasado remoto es amplio y va de pocos kilos hasta cerca de una tonelada. El modelo más primitivo y simple consistía en una piedra circular u oval presentando una perforación, que servía para atarla a una cuerda.

Se sabe que los grandes barcos de los romanos disponían de varios ejemplares, que ya prefiguraban los modelos actuales, lo que ha sido constatado, por ejemplo, en una nave del siglo II descubierta en el golfo de Taranto (Italia) que contaba con cinco anclas de 600 kg. cada una. Era frecuente que el material predominante en estas anclas de la antigüedad fuese la madera a la que se daba peso por medio de un cepo fundido en plomo, añadiéndose igualmente en la base lastre del mismo metal. Hay que destacar que sobre las partes de plomo suelen verse escritos -en griego o latín- nombres de divinidades, confirmando una vez más el particular carácter atribuido a este componente del navío. Su evolución apunta en dirección al paulatino reemplazo de la madera hasta llegar a piezas fundidas totalmente en hierro, tal como pudo verse en los restos de un naufragio ocurrido a mediados del siglo II antes de nuestra era frente a la isla de Giannutri, entre Córcega e Italia, donde yacían cuatro anclas de madera y plomo junto a tres de hierro. Normalmente la madera ha desaparecido, conservándose sólo las partes de plomo.

No conocemos ejemplos de anclas para la América precolombina, tal vez porque las embarcaciones comunes fueron canoas o piraguas, las que no requerían ser retenidas a flote sino que eran varadas en la playa. No obstante, existe un tipo de ancla primitivo en el archipiélago de Chiloé. Se trata del “sacho”, ancla para embarcaciones menores, especialmente de pescadores artesanales y mariscadores, formada por un armazón de madera con salientes en punta y conteniendo como lastre en su parte central una gran piedra. Se trata de la adopción local de un ancla de iguales características empleada en Galicia donde se le conoce como “poutada” o “potala”, sobrevivencia de un modelo vernáculo.

El término “áncora” -origen de ancla- pasó del griego “ágkura” al latín y de éste a otras lenguas. Por siglos anclar se dijo “ancorar”; “ancorero” y “ancorería” eran, respectivamente, quien tenía por oficio la fabricación de anclas y el lugar que le servía de taller. Tal vez “ancón”, una ensenada pequeña apta para anclar, sería de igual etimología. Un sinónimo arcaico de ancla es “ferro”. También en tiempos pasados, en el mundo hispano para referirse al ancla se llegó a hablar de “la vizcaína”, presumiblemente debido a que las fabricadas en Vizcaya se encontraban entre las de mejor calidad.

San Pablo, en su epístola a los hebreos, dice: “Hemos de aferrarnos a la esperanza que se nos ofrece; ella es como un ancla espiritual, segura y firme...” Desde aquellos tiempos el ancla ha sido símbolo de firmeza, de tenacidad, de seguridad, por lo que no es raro que aparezca formando parte de la emblemática de todas las marinas del mundo, ya sean militares o civiles. Es indudable que el ancla ha adquirido a través de los siglos una connotación que va mucho más allá de su utilidad práctica inmediata, como si su función de retener la nave la hiciese depositaria de todas las esperanzas del hombre de mar en constante alerta frente a los riesgos de su profesión.

En joyería suelen verse cadenillas portando la representación miniaturizada de una cruz, un ancla y un corazón, reuniendo simbólicamente y con orientación propiciatoria la trilogía “fe, esperanza y amor”. San Clemente, papa martirizado hacia inicios del siglo II, es representado en la iconografía cristiana teniendo como atributo un ancla, ya que atado a una de éstas fue arrojado al mar. El ancla se encuentra también entre los símbolos asociados a la representación de San Nicolás, patrón de los marinos griegos y del puerto de Amsterdam.

El enigma del ancla encepada.

Resulta sorprendente que cuando el ancla es elegida como emblema, su representación habitual es estando rodeada a lo largo de toda su extensión por la cadena o cabo que la une al buque, es decir lo que técnicamente se llama “ancla encepada”. A bordo esto constituye una dificultad que es de fácil solución en el caso de una embarcación menor, pero que se torna en engorroso problema si se trata del ancla de un navío de ciertas proporciones. Recuérdese que existen anclas de varias toneladas, empleadas por grandes naves de guerra o de comercio. Si a esto se suma el peso de la cadena, que es también considerable, el tener un ancla con la cadena tomando vueltas en torno a ella es la pesadilla de cualquier equipo de cubierta.

El autor norteamericano David L. Sills publicó recientemente un artículo acerca del tema en la revista “Sea History” de la National Maritime Historical Society (Nº 96, 2001). En él se interroga acerca del origen de esta extraña e interesante simbología, es decir ¿por qué un ancla encepada -un ancla que tiene una línea o cable enredado- es universalmente y hasta altivamente desplegada como un símbolo de orgullo naval? Hace notar que esta situación refleja más bien falta de cuidado o incompetencia en la maniobra, preguntándose igualmente por qué este distintivo ha sido aceptado e incluso apreciado por armadas, clubes de yates y marinos en general. En el Reino Unido, donde este símbolo encontraría su origen, aparece nada menos que en la bandera del Almirantazgo, máxima autoridad naval de la nación, bajo la forma de un ancla encepada de color dorado colocada horizontalmente sobre fondo carmesí.

Según el autor citado, un ancla de estas características fue ya usada en 1402 en el sello del Lord Almirante de Escocia. Más tarde aparece en el sello de Lord Howard of Effingham (1536-1624), militar y primo de la reina Isabel I de Inglaterra. Cuando en 1585 fue nombrado Gran Lord del Almirantazgo, su sello personal fue adoptado por el departamento que dirigía y de esta forma el ancla encepada pasó a formar parte de la emblemática oficial británica. Como en 1588 Lord Howard comandaba la flota que derrotó a la Invencible Armada de Felipe II, su prestigio e influencia se vieron exaltados al máximo.

El tema es también tratado por el historiador naval inglés Peter Kemp en su obra “The Oxford Companion to Ships & the Sea” (Londres 1976), donde destaca que el ancla encepada es “un horror para los marinos cuando esto ocurre en la práctica”. Concluye diciendo que su empleo como sello o emblema “del más alto cargo de la administración marítima está basado puramente en su efecto decorativo, ya que el cabo alrededor de la caña del ancla da una terminación atrayente al rígido diseño propio del ancla”. Probablemente esta sea para muchos la explicación más aceptable de este pequeño enigma de la decoración náutica mundial, pudiendo especularse que se originó en el Reino Unido y a través de su poderosa marina se difundió por todo el orbe.

No obstante, otros piensan que el origen de este ornamento es más complejo y su razón de ser posee una trayectoria que apunta muy lejos en el tiempo. En efecto, durante los primeros siglos del cristianismo el ancla fue usada como símbolo de la nueva religión, de preferencia a la cruz y justamente porque la silueta del ancla recuerda a aquella. La figura iba complementada por un pez o un delfín colocado alrededor de la caña. David L. Sills, historiador ya mencionado, argumenta en el sentido de que esta representación pasó a Escocia con el cristianismo y que, por lo tanto, estuvo allí presente desde el medioevo. Con posterioridad sufrió una evolución, siendo reemplazado el pez por una cadena o cabo con lo que se llegó a la figura que nos es familiar. Y seguramente continuará así todavía por mucho tiempo, ya que hasta ahora no se ha visto aparecer otro símbolo que pueda suplantar al ancla como principal emblema marítimo, aún cuando éste se modernice y se adopte el diseño de un ancla actual sin cepo, se empleen dos anclas cruzadas o se proyecten otras combinaciones.

El ancla literaria.

Pon su carga de simbolismo no es raro que el ancla haya sido tema aludido reiteradamente en literatura. Por ejemplo, Augusto D’Halmar en un artículo que llamó “El cementerio de anclas” describe su deambular por los malecones de Valparaíso: “Ahora, una de estas tardes, me he detenido ante una cruz, sí, el desmedido cepo de un ancla descomunal, medio enterrada, con otras anclas, inservibles, en una especie de cementerio en que se han reunido tras tanto levar y anclar. En ese camposanto, junto al océano, descansan, con sus mohosas cadenas, extendidas en regueros interminables, las que son la divisa misma de la vida marítima: las anclas; nunca pontón alguno, ni ningún lobo de mar en tierra, habíame dado la sensación de naufragio, de varadura definitiva, que me dieron esas pobres anclas”.

Por su parte Neruda describía así un ancla gigantesca que ornamentaba su jardín frente al mar, en Isla Negra: ”Es poderosa y callada como si continuara en su nave y no la desgañitara el viento corrosivo. Me gusta esa escoria que la va recubriendo con infinitas escamas de hierro anaranjado. Cada uno envejece a su manera y el ancla se sostiene en la soledad como en su nave, con dignidad”.

Finalmente, no hay que olvidar que las expresiones “levar ancla” y “echar ancla” enuncian respectivamente los conceptos de zarpe y de recalada, de inicio y de fin, sea de un viaje real o de uno metafórico. A este propósito, Francisco Coloane en su cuento “El constructor del faro”, ambientado en el golfo de Penas, hace arribar a esa escenografía literaria una escampavía: “Al poco rato se escucharon caer los eslabones del ancla como una catarata de sordas campanadas que, a pesar de su desagradable ruido metálico, llevaron un poco de rumor humano a esas frías soledades”; luego se vale del mismo sonido para una comparación: “Y la risa volvió a levantarse con la campanuda sonoridad de un ancla que llega a su fondeadero”.

Con la idea de inicio, el novelista escocés Robert Louis Stevenson nos regala con una escena de su obra más popular: “...pronto el ancla pudo zafarse; en un instante colgaba de la proa goteando agua y cieno; pronto las velas comenzaron a tomar viento, y la tierra y los barcos a desfilar a uno y otro lado; y antes que pudiera echarme para gozar de una hora de sueño, la Hispaniola había empezado su viaje a la Isla del Tesoro”.



Ultramarine Newsletter (index)