Ultramarine Newsletter (index)


ARQUEOLOGÍA Y MEDIO AMBIENTE EN SURAMÉRICA SEPTENTRIONAL

Thomas van der Hammen y Omar R. Ortiz-Troncoso

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Citar como:

Van der Hammen, Th. & O.R. Ortiz-Troncoso (1992) "Arqueología y medio ambiente en Suramérica septentrional". In Archaeology and Environment in Latin America, pp 9-24, (O.R. Ortiz-Troncoso and Th. van der Hammen, eds). Proceedings of a symposium held at the 46th International Congress of Americanists Amsterdam, July 4-8 1988 (304 p., ill.)

Instituut voor Pre- en Protohistorische Archeologie Albert Egges van Giffen (IPP) Universiteit van Amsterdam 1992.

ISBN 90-70319-09-8

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INTRODUCCION

El hombre estuvo íntimamente vinculado a su entorno natural, especialmente en tiempo precerámico, pero desde la etapa agroalfarera se acrecienta progresivamente su influencia sobre el medio ambiente culminando con la revolución industrial, que conlleva profundos cambios que continúan en forma alarmante hasta hoy en día. En la parte septentrional de Suramérica el medio natural se presenta en tipos tan diversos, que ellos deben ser discutidos separadamente. No obstante, veremos que los diferentes medios naturales de esa área están relacionados entre sí de alguna forma y, por ejemplo, los Andes y la Cuenca Amazónica pueden ser considerados como partes de un "macro-paisaje", con relaciones ecológico-paisajistas.

El las páginas siguientes serán discutidos en primer lugar los principales cambios en este "macro-paisaje", basándose fundamentalmente en descripciones generales y síntesis publicadas con anterioridad (como Van der Hammen 1974 & 1990), complementadas con informaciones recientes. Finalmente, se abordará una breve discusión sobre las vinculaciones de la historia del hombre y su cultura con el medio natural y con los cambios medio-ambientales/climáticos. En cuanto al litoral, su estudio sistemático presenta las dificultades inherentes a un medio afectado por variaciones de diversa índole, como las del nivel del mar y por levantamientos y hundimientos de las costas, y desde luego por la propia acción del hombre. Esto lleva a reflexionar sobre las consecuencia que ha podido tener sobre el medio ambiente litoral la presencia, desde la prehistoria, de poblaciones asentadas permanentemente sobre la banda costera haciendo de ella su principal fuente de recursos de subsistencia. Desde el punto de vista de la arqueología, deben enfrentarse problemas que no pueden encontrar solución en el análisis aislado de restos de la cultura material, debiendo buscarse apoyo en campos científicos que son de la competencia de oceanólogos, geomorfólogos y de especialistas de otras múltiples disciplinas (Ortiz-Troncoso 1983, 1985).

LOS CAMBIOS EN EL MEDIO NATURAL.

Esta visión general se limitará a la época en que se sabe -o se supone- ha existido el hombre en el área, es decir los últimos 40.000 años. En los Andes este período ha sido bien estudiado, como por ejemplo en los altiplanos de la Cordillera Oriental de Colombia (ver al respecto Van Geel & Van der Hammen 1973). Hace 40.000 años nos encontramos en la parte media de la última glaciación: el Pleniglacial Medio. Durante este intervalo, que dura hasta aproximadamente 26.000 años antes del presente, los niveles de laguna son repetidas veces altos y muy típica es una posición del límite altitudinal del bosque a alrededor de 2500 - 2600 m., acompañado por una amplia zona de bosques de Polylepis. El período entre aproximadamente 26.000 y 13.000 o 14.000 AP se denomina Pleniglacial Superior. Hacia 21.000 AP las lagunas disminuyen hasta niveles muy bajos durante un lapso de tiempo que dura hasta el final del Pleniglacial (ca.14.000 AP); para este período la precipitación ha sido estimada en la mitad de la actual. Luego, en el comienzo del Tardiglacial, la precipitación aumenta y los niveles de laguna suben, para sólo reducirse un poco entre 11.000 y 10.000 AP y estacionarse luego en forma relativamente alta (pero más bajo que durante el Tardiglacial) hasta el presente. Durante el último glacial y parte del Tardiglacial el clima es más frío que hoy, pero parece llegar a valores extremadamente bajos en el Pleniglacial Superior y especialmente alrededor de 21.000 AP. Durante el Tardiglacial se presentan dos interestadiales, el primero es el de Susacá con un ligero mejoramiento del clima entre aproximadamente 14.000 y 13.000 AP, y el -más acentuado- de Guantiva, entre aproximadamente 12.600 y 11.000 AP. A continuación se presenta el último "estadial" de la última glaciación, el estadial de El Abra entre ca.11.000 y 10.000 AP, con temperaturas relativamente bajas.

Numerosa información señala un clima bastante húmedo durante el Pleniglacial Medio (ca.60.000 - 30.000/26.000 AP) y un clima muy seco a lo largo del Pleniglacial Superior (ca. 26.000/21.000 - 14.000 AP). En el Pleniglacial Medio húmedo se ubica la extensión máxima de glaciares y la acumulación de grandes depósitos de terrazas fluvio-glaciales y fluviátiles, con fechados radiocarbónicos de >50.000 hasta 39.000 AP y localmente 27.000 - 23.000 AP (Van der Hammen et al. 1980/81; Van der Hammen 1981, 1986a). En Venezuela hay una información importante para el Lago Valencia, a no más de 400 m sobre el nivel del mar (Salgado-Labouriau 1982). Este lago existe como tal desde 10.000 AP, pero con anterioridad a esa fecha (la base de la sección tiene una edad de 13.000 AP) la laguna se había agotado, el clima era muy seco y la vegetación de tipo semi-árido. Para los Andes venezolanos Schubert & Velastro (1980) describen depósitos de terraza (arenas, gravas) sedimentados entre 1100 y 3000 m de altitud, fechados como Pleniglacial Medio (33.700 - 50.700 AP). De más al oriente, existen datos para Guyana y Surinam (resumen en Van der Hammen 1974). Durante la época de bajo nivel del mar de la última glaciación, existían en la actual planicie costera de esos países sabanas secas de gramíneas, lo que indica un clima mucho más seco que el actual. De las sabanas del Rupununí en el interior de Guyana conocemos una fase más húmeda de bosques de sabana, bien anterior a 7300 AP, que corresponde probablemente al Tardiglacial. Anterior a esa fase húmeda hay un período de bajo nivel de laguna y extensión de sabana de gramíneas, que según extrapolación bien podría ser de edad Pleniglacial Superior.

De Ecuador se conocen secciones fechadas de polen provenientes de las islas Galápagos (Colinvaux & Schofield 1976), las que demuestran que reinaba un clima seco en la zona montana, anterior al Holoceno. De Bolivia existen algunos datos (resumidos en Ybert 1988) que evidencian niveles de laguna bajos en por lo menos la última parte del Pleniglacial Superior, altos durante el Tardiglacial (aproximadamente 10.000 - 13.000 AP) y relativamente bajos en el comienzo del Holoceno.

En la parte sur de la Cuenca Amazónica, en Rondonia (Brasil), hay claras evidencias de un clima más seco con desplazamiento de la selva por sabana. La edad de este período no pudo ser establecida, pero bien podría ser Pleniglacial Superior (Van der Hammen 1972; Absy & Van der Hammen 1976). Datos palinológicos recientes y muy importantes del oriente amazónico (Carajás) nos han informado de la historia de los últimos 60.000 años. El sitio se encuentra en la parte SE del corredor NW-SE más seco que atraviesa la Amazonía. Se registraron tres épocas de nivel bajo de laguna y/o extensión de sabanas, aproximadamente alrededor de 60.000, 40.000 y 20.000 AP. De esta última época sabemos que el nivel de la laguna comenzó a subir durante el Tardiglacial, pero las sabanas no fueron completamente reemplazadas por selvas y bosques sino hasta el inicio del Holoceno (Absy et al. 1991). Aunque hay indicaciones geomorfológicas y biológicas de que hubo también épocas secas dentro de la parte más húmeda de la Amazonía -que podrían haber llevado a la formación de refugios de selva, aislados por sabana u otra vegetación seca- no se cuenta todavía con prueba palinológica directa de su existencia, sino sólo con algunas indicaciones sobre cierta extensión de gramíneas en algunos lugares (véanse también los sumarios en Brown 1982 & Haffer 1987).

De especial interés es la existencia de amplios campos de dunas estabilizados en los Llanos Orientales (sabanas) de Colombia y Venezuela. Un horizonte de suelo debajo de algunas de esas dunas dio edades de 11.100 y 12.300 (± 500) AP (Roa 1979). Como es difícil excluír alguna infiltración de humus más reciente por la arena, esas fechas quizás deben ser consideradas como fechas mínimas, pero una edad Pleniglacial Superior hasta Tardiglacial parece muy probable. El clima debe haber sido entonces bastante más seco que hoy en día.

Recientes datos del río Caquetá en la Amazonía Colombiana han demostrado que la terraza baja de este río es de edad Pleniglacial Medio (fechas entre 30.000 y >50.000 AP; Van der Hammen et al. 1991a). Del Perú hay también una fecha de aproximadamente 36.500 AP en sedimentos de terraza. Los sedimentos de la planicie actual del río tienen una edad de hasta 10.000 - 12.000 años y la erosión de la terraza parece haber tenido lugar durante el Pleniglacial Superior. Sedimentos de la terraza mostrarían cierta extensión de gramíneas y árboles de sabana (ca.15%), indicando la posible presencia de pequeñas superficies cubiertas con sabana en esa área.

Tenemos suficiente certeza de que durante el Pleniglacial Superior las temperaturas anuales en la región andina fueron inferiores en 6°-8°C con relación a la actual, pero estamos menos seguros acerca de las temperaturas de esa época en la zona baja tropical. Antecedentes sobre la temperatura superficial del Caribe (0-2°C menos que hoy), aquellos expuestos por Colinvaux & Liu (1987) para 1100 m en las laderas orientales de los Andes en el Ecuador, datos palinológicos de Monsalve (1985) y Bakker (1990) de respectivamente 1500 y 1300 m en las Cordilleras Occidental y Oriental de Colombia, parecen indicar en conjunto que esa baja temperatura podría haber sido del orden de 2°-6°C por debajo de la actual (4°±2).

Conocemos un poco más en detalle la historia del Tardiglacial (14.000/13.000 - 10.000 AP) y del Holoceno (10.000 AP hasta el presente). Mientras los suelos y la vegetación se adaptan a veces lentamente, con el incremento de las temperaturas medias-anuales, vemos que con frecuencia quedan bien registrados los cambios climáticos del Tardiglacial (especialmente el ya mencionado interestadial de Guantiva y el estadial de El Abra) por movimientos verticales de las zonas de vegetación en la cordillera. En muchas partes resulta muy notorio el ascenso de nivel de las lagunas, tanto en la zona baja tropical como en la cordillera, indicando un primer aumento de la precipitación anual. El Holoceno muestra cambios generales detectables en grandes áreas y diferenciación regional (Markgraf & Bradbury 1982). De los Andes sabemos que el principio del Holoceno muestra un aumento de temperaturas, para llegar durante el Holoceno Medio a valores anuales más altos de 1° hasta 2°C. Hay indicaciones claras de algunos intervalos cortos algo más fríos e.g. alrededor de 6000 AP. En general el clima se vuelve algo más frío después de ca.3000 AP (Van der Hammen 1974; Melief 1985; Salomons 1986; Thouret & Van der Hammen 1981). En las partes altas y más húmedas de los Andes hay una extensión de turberas de Sphagnum, especialmente desde 5000 hasta 3000 AP, posiblemente como resultado combinado de incremento de humedad y desarrollo de suelos. Algunas de estas turberas y su desarrollo han sido objeto de estudios por parte de Kuhry (1988a,b), que también da una compilación de los cambios de temperatura y humedad durante el Holoceno. No obstante, el clima relativamente más seco que él sugiere para los últimos 3000 años está basado principalmente en la desaparición de Alnus en el altiplano de Bogotá, lo que sin duda estuvo notoriamente influenciado por la extensión de la agricultura indígena en esa misma época.

Datos consistentes y relativamente detallados sobre fluctuaciones holocénicas de humedad (precipitación) provienen de las fluctuaciones de nivel en lagunas de los Andes y en las sabanas tropicales de los Llanos Orientales de Colombia (Van der Hammen 1974). Igualmente, de fluctuaciones en el nivel alto de los ríos Magdalena-Cauca-San Jorge (drenando gran parte de los Andes septentrionales), documentados en los sedimentos de la parte baja, amplia e inundable de este sistema fluvial (Van der Hammen 1986b) y basado en múltiples fechas radiocarbónicas. La curva del Magdalena-Cauca-San Jorge muestra períodos de valores relativamente bajos de precipitación efectiva alrededor de 7000 AP, 5500 AP, 4700 AP y 4000 AP, y para el Holoceno más tardío entre 2700 y 2300 AP (culminando 2500-2300 AP), 2150-2050 AP, 1500/1400-1300 AP y 750-650 AP. Este último período parece coincidir con el "período cálido medieval". Períodos bastante parecidos son conocidos en Ecuador (Colinvaux 1976) y también en la parte central de la Amazonía Brasilera (Absy 1979, 1985; Absy et al. 1991), en la Amazonía Ecuatoriana (Colinvaux et al. 1985, 1988; Colinvaux & Liu 1987; Bush & Colinvaux 1988) y en la Amazonía Colombiana (Van der Hammen et al. 1991b). La aproximada congruencia de estos datos demuestra la interconexión del sistema andino con el de la zona baja tropical (Amazonía, bajo Magdalena), el movimiento de los niveles de los ríos en la zona baja dependiendo en parte de las lluvias en la cordillera. Servant et al. (1981), mostraron que la selva desapareció y localmente se formaron dunas en el área de Santa Cruz de la Sierra en la Amazonía Boliviana, entre 7000 y 5000 AP y 3400-1400 AP. Para la cuenca del río Doce en el Brasil atlántico, hoy cubierta por densos bosques tropicales, datos geomorfológicos indican aridez en el Holoceno Temprano, culminando 8500 AP (Servant et al., en prensa). Igualmente hay un período de extensión de sabana de gramíneas en desmedro de la selva en la zona de Carajás (Brasil oriental; Absy et al. 1991), culminando alrededor de 6000 AP. Si a estos datos se añade el hecho de la presencia de carbón vegetal en muchos suelos amazónicos (en parte fechados entre 6000 y 3000 AP), la influencia de estos períodos más secos en la Amazonía podría haber sido de considerable importancia para el hombre.

UN TEMA DE CONTROVERSIA: LAS VARIACIONES HOLOCENICAS DEL NIVEL MARINO.

De los estudios llevados a cabo por Scholl & Craighead (1967) sobre la evolución de los manglares de la parte sudoeste de La Florida se desprenden los siguientes resultados: a) que esa costa ha sido afectada durante el Holoceno por cambios del nivel de la ribera, pero siendo tectónicamente estable desde el último interglacial, esos cambios se deberían fundamentalmente a fenómenos eustáticos; b) que hace unos 4400 años el nivel marino se situó a unos 4 m por debajo del actual; c) que entre 4400 y 3500 años antes del presente el nivel aumentó en razón de un pie por siglo hasta alcanzar -1,6 m (ca.1700 AP), reduciéndose luego este incremento a 0,1 pie por siglo; d) que no habría existido en esa zona ningún nivel superior al actual durante el Holoceno (Richards 1971:9). Por su parte Shepard & Curray (1967) han tratado de demostrar que en las áreas tectónicamente estables de Norteamérica no se han presentado niveles superiores al actual durante el Holoceno. Hace unos 7000 años el nivel del mar habría estado situado a -10 m y desde ese punto habría ido en incremento hasta alcanzar su actual posición en tiempo reciente (Richards 1971:10). Neumann (1971) ha estudiado series de restos de turba y depósitos lagunares en Bermuda mostrando, según su opinión, un rápido y algo irregular ascenso del nivel marino (3,60 m por milenio) desde 9200 a 4000 AP. A partir de -4,20 m el nivel se habría elevado más lentamente (0,96 m por milenio) hasta el presente.

La opinión de los autores citados discrepa con la de Fairbridge, quien en numerosas oportunidades ha defendido la tesis de niveles superiores al actual dentro del Holoceno. Por ejemplo +3 m entre ca.6300 y 5300 AP (Older Peron; Calais III), luego entre ca.4900 y 3600 AP (Younger Peron) y +1,5 m entre ca.2400 y 2100 AP (Abrolhos; Dunquerque I) y entre ca.1000 y 800 AP, es decir 950 y 1150 D.de C. (Rottnest; Dunquerque III). Fija también la posición cronológica de regresiones marinas: -5 m entre ca.5300 y 4900 AP (Bahama; coincidente con el Neoglacial I), -3 m entre ca.3600 y 3400 AP (Pelham Bay; Neoglacial II), -2 m entre 2100 y 1800 AP, es decir 150 A.de C. a 150 D.de C. (Florida Emergence) y finalmente un nivel marino inferior al actual (Paria Emergence) coincidente con la llamada "Pequeña Edad del Hielo" (Fairbridge 1960, 1976).

No disponemos ahora de espacio para presentar más antecedentes sobre este tema. Debemos indicar no obstante que resulta peligrosamente tentadora la aplicación inmediata de estas dataciones a la problemática arqueológica, es decir al establecimiento de una demasiado rápida correlación entre curvas de cambios eustáticos para zonas muy amplias y resultados obtenidos del estudio de asentamientos prehistóricos litorales, cuya posición encuentra muchas veces su explicación en factores puramente locales. Creemos no exagerar si afirmamos que, de esta forma, cualquier sitio costero podría encontrar explicación de su posición en una de las tantas curvas propuestas a lo largo de los últimos decenios. Por otra parte el Caribe presenta, desde este punto de vista, una problemática particular. Richards (1971:11) enfatiza en que muchas de sus islas muestran un tectonismo demasiado elevado como para entregar información significativa en cuanto a cambios del nivel del mar. Sin embargo Richards & Broecker (1963) citan una datación de 3750 ± 50 AP para una elevación de coral a 3 m en Tierrabomba (Cartagena, Colombia), lo que podría ser interpretado como: a) un levantamiento isostático; b) una transgresión marina concordante con la curva de Fairbridge; c) una playa de tormenta ("storm beach"). Más adelante exponemos la opinión de Burel et al. (1981) sobre la misma zona.

Para el litoral caribe de Costa Rica, Battistini & Bergoeing (1980) señalan la presencia de vestigios de un probable nivel marino holocénico por encima del actual situados en Playa Bonita y sobre la costa oriental de la punta de Portete, en las inmediaciones de Puerto Limón. Su posición es de 1,2 a 2 m pero no indican datación. Según correlaciones establecidas por Sanoja (1980) para los recolectores tempranos del golfo de Paria (Venezuela), los concheros allí existentes estarían relacionados con el Older Peron de Fairbridge y serían contemporáneos con el proceso de formación del delta del Orinoco. Es decir habríanse formado durante una transgresión marina de ca.3 m. Ruppé (1980:334) añade de que en términos generales el descenso del nivel del mar no condujo a la formación de puentes terrestres en la región del Caribe, pero causó disminución de distancia entre islas y consecuentemente estimuló contactos y migraciones por vía marítima. Este mismo autor hace notar también la posibilidad de la existencia de sitios prehistóricos sumergidos y no estudiados hasta ahora en el área Circum Caribe. En conjunto estas alteraciones tuvieron influencia directa sobre la composición y evolución de los manglares, ecosistema de capital importancia para las poblaciones prehistóricas de los litorales tropical y sub-tropical de Suramérica.

Observando los resultados obtenidos por Van der Hammen (1974: 20-21; 1986c: 44-46) en las costas de Guyana y Suriname, la disposición típica de la actual vegetación presenta manglares de Rhizophora en la zona en contacto directo con el mar, luego Avicennia algo al interior sobre suelos inundados periódicamente por las mareas. Sobre terrenos más elevados se encuentran pantanos abiertos con, por ejemplo, Cyperus, Typha y Acnida; a continuación bosques pantanosos con Symphonia, Ilex, Virola y Tabebuia (localmente pueden encontrarse palmas); ya hacia el interior la vegetación puede variar desde selva húmeda tropical a sabana. La recién indicada presencia de Rhizophora en la zona bañada directamente por el mar corresponde a la disposición más típica en los manglares de diferentes partes de América. El mismo autor señala que como resultado de un sondeo de 30 m en Oglebridge, sobre la planicie litoral cercana a Georgetown (Guyana), ha obtenido un diagrama de polen que abarca el último interglacial (Eemiense), el último período glacial (Würm o Wisconsin) y el Holoceno. El diagrama muestra claramente las fluctuaciones del manglar, el que adquirió mayor extensión durante los períodos de transgresión marina coincidentes con el último interglacial y, posteriormente, con el Holoceno (hay un fechado de ca.8600 AP para los inicios de esta transgresión holocénica temprana). Hace notar además que de sus componentes, Avicennia y Rhizophora, este último está mejor representado, lo que se debería a la baja producción de polen del primero de ellos. Esto hace que, gráficamente, el manglar formado de Avicennia aparezca con un bajísimo porcentaje frente al de Rhizophora. La parte superior de la columna indica que en general el manglar disminuyó sensiblemente con la subsecuente regresión marina, dando paso a un paisaje donde dominan condiciones de sabana que se acercan paulatinamente a las actuales.

LOS CAMBIOS MEDIO-AMBIENTALES Y EL HOMBRE.

Durante el Pleniglacial Superior diversas regiones de Suramérica septentrional presentaban un aspecto y repartición del medio natural bastante diferente al actual. En general, había mucho más vegetación baja, abierta: páramo y xerofítica en la cordillera; sabanas y bosques de sabana en la zona baja tropical. El clima era más frío, tanto en la cordillera como en la región amazónica y la precipitación anual era en ciertos intervalos muy inferior a hoy en día. La megafauna (mastodonte, caballo, etc.) disponía de excelentes condiciones de vida y podía desplazarse en forma relativamente fácil debido al predominio de esta vegetación abierta, habiendo existido al parecer un corredor despejado en dirección NW-SE por el Amazonas el que aparentemente habría conectado las zonas de sabana y cerrados al norte y al sur de la Amazonía. Nuestro conocimiento sobre el hombre de esa época, que disponía de una rica megafauna, sigue siendo esquemático.

En el Tardiglacial comienza a cambiar en muchas partes ese medio natural: se extienden progresivamente los bosques y desaparecen áreas abiertas. Así se reduce gradualmente el biotopo de muchos componentes de la megafauna, reduciéndose esas poblaciones. En el Tardiglacial el hombre ya se ha hecho presente en diferentes partes de Suramérica y debe adaptarse a ese cambio general; además a las fluctuaciones provocadas por las variaciones de los interestadiales y estadiales. La megafauna va desapareciendo y tal vez en la extinción final de las poblaciones, ya reducidas, no estuvo ausente la influencia de los cazadores tempranos. Para la cordillera hay un registro relativamente bien conocido de la interrelación dinámica del hombre con el entorno natural durante el Tardiglacial (Correal & Van der Hammen 1977; Van der Hammen & Correal 1978; Correal 1981). Mientras que a comienzos del Tardiglacial la megafauna forma todavía parte de la dieta, más tarde es reemplazada por animales de talla menor, especialmente venado. Al extenderse considerablemente las superficies cubiertas de bosques, el hombre se adapta a este medio con recolección y cacería. Durante el Holoceno, en las zonas bajas inundables las fluctuaciones de precipitación anual parecen haber tenido una influencia decisiva sobre el hombre y su agricultura. Un ejemplo es la zona del bajo San Jorge, donde un estudio detallado ha permitido fechar la construcción de obras hidráulicas (canales) y campos de cultivo, como asimismo compararlos con las fluctuaciones del nivel de inundaciones (Plazas et al. 1988). Inundaciones con valores extremos coinciden con épocas de construcción de canales, cambios en la población o abandono del área. Parece probable que las alteraciones en las precipitaciones tuvieron considerable importancia para las sociedades indígenas en muchas partes de la zona tropical, también en la Amazonía, traduciéndose en desplazamientos y migraciones.

Como investigaciones arqueológicas pioneras en la costa colombiana del Caribe deben ser citadas las de Gerardo y Alicia Reichel-Dolmatoff desde fines de la década del cuarenta, con sobresalientes resultados a través del estudio de sitios como Barlovento, Momil, Puerto Hormiga, Monsú y otros, situando esa región en la problemática del origen de la cerámica en América (Formativo) e incluyéndola en el desarrollo agroalfarero de Colombia (Reichel-Dolmatoff 1955, 1956, 1961, 1985). Investigaciones del segundo de los autores de esta ponencia en colaboración con Gustavo Santos Vecino (Univ. de Antioquia), en una sección de la parte media de esa costa (golfo de Morrosquillo), han permitido obtener conclusiones preliminares que son expuestas sumariamente. Conservando una descripción empleada previamente (Ortiz-Troncoso & Santos 1985), podemos decir que uno de los elementos que mejor caracteriza al litoral de Morrosquillo es la presencia de ciénagas comunicadas con el mar a través de canales o "caños"; las aguas semi-salobres que contienen permiten el desarrollo de manglares. Las zonas más áridas, es decir sin aguas permanentes, están cubiertas por vegetación xerófita alterada por agricultura y ganadería. En términos generales se observan dos períodos secos anuales: el más prolongado entre enero y abril; un segundo entre septiembre y octubre. La temperatura media anual es del orden de 26°C, con máximas absolutas que pueden alcanzar los 39°C, especialmente en puntos situados algunos kilómetros hacia el interior. Las precipitaciones medias anuales son del orden de 1290 mm para el sector de Tolú. Blanco (1969) anota las siguientes características complementarias: a) inundación de terrenos bajos durante las estaciones lluviosas; b) presencia temporal de barrizales cubiertos por aguas salinas de escasa profundidad, los que desaparecen en los períodos secos; c) los vientos dominantes (norte y noroeste) establecen una corriente marina cercana a la costa que contribuye a la formación de playas arenosas; d) durante las estaciones secas el oleaje logra a veces formar acumulaciones de arena en la boca de los caños, aislando temporalmente las ciénagas; e) escasa amplitud de las mareas (25 a 30 cm).

Desde luego no son éstos factores aislados, sino que en su dinámica hay toda una cadena de causas y efectos. La alteración de cualquiera de ellos, especialmente si es por acción del hombre, es decir bruscamente, acarrea resultados imprevisibles. Al describir el medio ambiente en que se desarrolló la tradición Malambo, en el bajo Magdalena, Angulo Valdés (1981:29) cita a A. Dugand (1947) quien señalaba que en los años treinta de nuestro siglo se inició el irreversible proceso de destrucción de los manglares de la zona, que originalmente cubrían 10 a 12 km2. La causa principal fue la construcción del Dique de Piedras, de 7 km a lo largo del río. La población portadora de esta tradición, representada en los sitios Malambo y Los Mangos, tuvo escasa dependencia de la explotación marina, pero sí de recursos fluviátiles y lacustres. Otra destrucción masiva de manglares tuvo lugar en la llamada isla de Salamanca, en realidad una flecha litoral de 45 km situada entre la Ciénaga Grande de Santa Marta y el Caribe. La construcción de la carretera sólo dejó una unión de la albufera con el mar (Boca de la Barra), condenando los manglares a sequía casi permanente. Los grandes concheros que existían en la isla testimonian sobre la pasada riqueza faunística de la región (Angulo Valdés 1978).

Volviendo al caso de Morrosquillo, hemos sido testigos los últimos años de la construcción de espigones de piedra perpendiculares a la playa, con el objetivo de su mejor explotación turística. Los efectos han sido rápidos, como por ejemplo pérdida de profundidad por acumulación de arena y (según opinión de pescadores artesanales) cambios en la distribución de la fauna ictiológica. Otros cambios de más larga data tuvieron también consecuencias que han alterado el paisaje en las últimas décadas. Uno de los principales ha sido la construcción del camino Coveñas-Tolú, que separó de la influencia directa del océano amplios sectores de tierras bajas inundables y ciénagas. Estas alteraciones del medio no estuvieron ausentes en tiempo prehispánico. Uno de los principales yacimientos que hemos estudiado allí, el sitio Marta (en la finca del mismo nombre) está constituído por una amplia acumulación artificial de tierra y desechos culturales (principalmente cerámica), sobre un antiguo cordón litoral, cubriendo una superficie de aproximadamente 3,5 hectáreas. La población ocupó el sitio desde el siglo II A. de C., según serie de fechados radiocarbónicos con un máximo de 2130 ± 90 AP, logrando elevar paulatinamente el terreno hasta unos 3 m como máximo sobre la planicie litoral con el fin de mantener viviendas y cultivos al abrigo de las periódicas inundaciones. Observando la topografía del lugar, resulta evidente que en la época aludida y durante las estaciones de lluvia la colina artificial de Marta asumía temporalmente el carácter de isla, enfrentando hacia el oeste el mar y ciénagas hacia las otras direcciones.

Vestigios arqueológicos de alimentación observados en el terreno e informaciones etnohistóricas indican que poblaciones costeras como ésta gozaban de una posición privilegiada en cuanto a la explotación de recursos provenientes tanto del mar como de las ciénagas, que en ambos casos puede deducirse eran abundantes. Además, la presencia de budares y útiles de molienda señala claramente una explotación agrícola con base en yuca y maíz. Los inicios del asentamiento de Marta quedan incluídos en lo que Reichel-Dolmatoff denomina los comienzos de la vida aldeana, que abarcaría el primer milenio antes de nuestra era, donde a partir de los cultivos indicados como base de la subsistencia se desarrollaría una larga secuencia de formas culturales que se extenderían por toda la llanura del Caribe. La pauta de poblaciones en las orillas de grandes lagunas y ríos indicaría también un cambio en la explotación de recursos litorales hacia la explotación de recursos ribereños y lacustres (Santos & Ortiz-Troncoso 1986). Los manglares, cuya madera sigue siendo explotada, debieron ser de mucho mayor amplitud en el pasado y su utilización más variada; en Morrosquillo incluyen Rhizophora brevistyla, Avicennia germinans y Laguncularia racemosa.

El desarrollo estratigráfico de este sitio presenta también una interesante particularidad en relación a la evolución del nivel marino. Su secuencia de estratos nos es conocida tanto por las excavaciones como por un programa de sondeos llevado a cabo sistemáticamente en 1984 por R.R. van Zweden. Se ha comprobado así que el nivel cultural más antiguo descansa sobre un estrato de arena arcillosa situado por debajo del actual nivel del mar (-80 cm), lo que podría ser interpretado fundamentalmente de dos maneras: a) que ese nivel cultural se formó frente a un nivel del mar que se encontraba por debajo del actual o que, b) debido a la posterior presión de los estratos superiores (de ca.2 m) se produjo un hundimiento paulatino del terreno, a lo que habría contribuído su poca consistencia causada por el hecho de coincidir con el nivel freático (que es también variable según la cantidad de agua presente en la ciénaga vecina); (Ortiz-Troncoso & Van Zweden 1991).

Burel et al. (1981) son partidarios de la existencia de un nivel marino de 2 a 3 m por sobre el actual hace aproximadamente 3000 años (según datación de muestras de concha y coral en 2850 ± 150 AP y 2700 ± 90 AP, ésto para Tierrabomba y Ciénaga Honda en la bahía de Cartagena, 110 km al norte de Morrosquillo). Al parecer, por el momento habría que aceptar una de las tres alternativas siguientes: a) que el nivel del mar disminuyó de 2 a 3 m hasta quedar algo por debajo del actual en el lapso de tiempo comprendido entre ca.900 A. de C. (fecha de Cartagena) y ca.200 A. de C. (fecha del nivel inferior del sitio Marta), es decir una alteración considerable en siete siglos y que pondría este yacimiento en relación con la regresión de Florida (según Fairbridge 1976); b) que debido a diferencias de estructura geológica, los cambios eustáticos e isostáticos constatados en Cartagena no pueden ser aplicados sin reserva al golfo de Morrosquillo; c) que posibles cambios eustáticos e isostáticos habrían llevado la costa de Morrosquillo hasta una posición semejante a la actual ya antes de la instalación del asentamiento estudiado; la posición en cota negativa del estrato inferior se debería a su posterior hundimiento por presión. Obviamente, este tipo de correlaciones debe esperar más aporte de antecedentes sobre los cambios locales que habrían afectado las diferentes secciones de esa costa.

Otra pauta arqueológica nos la proporciona el yacimiento Las Caracuchas, vecino al poblado Altamira (Municipio San Bernardo del Viento, Depto. Córdoba), situado en línea recta a 10 km de la playa y a 14 km de la desembocadura del Sinú. Se trata de un gran conchero que cubre una extensión de aproximadamente 2 hectáreas, con espesor variable que pudo alcanzar ca.6 m. En el sector excavado, rasgos culturales (cerámica) y fechados radiocarbónicos sitúan la primera ocupación del lugar hacia 3600 AP. Es decir, los niveles tempranos formarían parte del Formativo medio/tardío de ese país frente a un paisaje diferente al actual, con presencia de ciénagas, manglares, comunicación con el océano y eventuales cambios en el curso del Sinú y afluentes. Esa área ha sido objeto de estudios geomorfológicos que pueden coordinarse con los resultados arqueológicos recién expuestos (Khobzi & Robertson 1985).

PALABRAS FINALES

Esta rápida revisión de antecedentes no puede ser considerada, desde luego, como un inventario exhaustivo de información concerniente a la relación arqueología y medio ambiente en Suramérica septentrional. Nuestro propósito no ha sido otro que el de destacar algunos resultados que, a su vez, hacen resaltar la necesidad de estudios más extensos en función de la relación indicada. Teniendo en consideración de que el medio ambiente es una realidad dinámica, constantemente sujeto a cambios que son producto de variados factores, la explicación de la existencia y del emplazamiento de un sitio arqueológico se encuentra en correspondencia íntima con las variaciones sufridas por ese medio. La posición de un sitio demuestra, por consiguiente, una opción cultural en el pasado frente a un medio diferente al actual.

Estos son sólo algunos ejemplos. A medida que avancemos en nuestro conocimiento de los cambios medioambientales se podrá ir comprendiendo cada vez mejor la relación del hombre y su medio natural, objeto de este simposio.

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